EL REGALO EXTRAVIADO (por Victor Blüthgen)

Y al fin es Nochebuena. ¿Qué mejor que empaparnos de verdad del ambiente navideño, y quizás incluso soñar con una blanca Navidad como solíamos hacer de niños, que leer un clásico cuento alemán? Antes de empezar la lectura sólo nos queda desearos ¡FELIZ NAVIDAD! FROHE WEIHNACHTEN!

Victor Blüthgen

La pequeña Elsbeth tenía cinco años y le iba bastante bien en la vida. Ya que primero, aún no debía ir a la escuela. Segundo, tenía su propia habitacioncita para ella sola en la bonita y gran casa de sus padres. La habitación estaba llena de lindos muebles, entre ellos un armario lleno de juguetes. Y tercero, siempre estaba entretenida. Una señorita se ocupaba siempre de ella, pues papá casi siempre estaba trabajando y mamá tenía que dormir mucho y hacer visitas. Pero si hacía buen tiempo el cochero podía quitar la capota y la llevaba junto a la señorita de paseo. Y el cochero…sí, él le gustaba muchísimo. Siempre era tan divertido, y cuando iba de compras siempre le traía alguna golosina.
Su única pena era que no tenía ningún hermanito, una muñeca viva de verdad. Era la única niña en toda la casa, pues tampoco el Doctor Kraus y su esposa del piso de arriba, que se habían mudado no hacía mucho, tenían hijos. Pero la esposa del Doctor era muy amable. La pequeña Elsbeth podía a veces subir a su casa y entonces la esposa del Doctor jugaba con ella como si también ella fuese una niña pequeña. Las Navidades se aproximaban y una tarde apareció, ¿adivinas quién? Knecht Ruprecht. La señorita ya había dicho: “¿Dónde está Knecht Ruprecht? Venir vendrá seguro. Sólo tenemos que pensar qué deseamos para Navidad para que podamos decírselo.” Era algo importante. Había resultado toda una lista.
La señorita lo había apuntado todo y Elsbeth tuvo que escribir debajo su nombre, la calle y el número de casa. La señorita le había guiado la mano.
Pues bien, se oyeron pasos frente a la puerta, justo cuando la señorita contaba el cuento de “la Ranita Honrada” y la puerta se abrió y entraron manzanas, nueces y caramelos en papel y detrás Ruprecht. Gruñía como un oso a través de su blanca barba y hablaba casi como Heinrich el cochero.
Elsbeth tuvo que rezar y al fin pudo pedirse algo para Navidad. La señorita recogió la carta de deseos de Elsbeth y la suya propia y Ruprecht tuvo que irse a ver al siguiente niño.
Bueno, Elsbeth estaba muy contenta y ayudó a la señorita a recoger. Pero de repente Elsbeth gritó: “¡Señorita, señorita!”
-¿Qué pasa?
-He olvidado algo.
-¿Y qué es lo que has olvidado?
-Pues que quiero tener un hermanito, eso es lo más importante. ¿Puedes ir a buscar a Knecht Ruprecht otra vez?
-Qué pena, pero ya está lejos. ¿Sabes una cosa? Le escribiremos una carta. En Correos sabrán su dirección pues seguro que recibe más cartas.
Fue un alivio. La señorita cogió papel y pluma y Elsbeth dictó.
-“Querido Knecht Ruprecht: Perdone que le moleste” (así era como le decía la señorita siempre a mamá). “Sobre todo deseo un hermanito pequeño, ¡por favor, por favor! Le saluda su Elsbeth.”
-Le añado la dirección -dijo la señorita- y también al sobre.
-¿Puedo lamer el sello, no?
-Para Ruprecht no necesitamos ningún sello.
Pero Elsbeth quería asegurarse y no cesó hasta que el sello estuvo pegado. Y después estuvo totalmente en contra de que Minna, la asistenta, llevara la carta al buzón. Insistió en que la señorita fuera con ella al otro lado de la calle y la aupase para que pudiera enviar ella misma la carta. La señorita se rió por lo bajo. El buzón no era de Correos sino de una gran tienda de carbón. La gente de allí se asombraría con el tipo de carta que les había aparecido.
A continuación fueron las dos otra vez a recoger manzanas, nueces y caramelos.
Llegó Nochebuena y la pequeña Elsbteh estaba muy nerviosa. Seguro que llegaba el hermanito, hasta el momento Santa Claus siempre le había traído todo lo que le había pedido. ¡Sólo con que la carta hubiera llegado bien!
Por supuesto papá y mamá sabían del aumento de la familia que se avecinaba. Elsbeth había querido al principio sorprenderlos pero a la larga no había podido callarse el secreto. Y mamá había dicho:
-Pues está bien que lo sepa, tengo que preparar arrullos y pañales.
-¡Pero que lo sepas, mamá, es mío! -había dicho Elsbeth muy decidida- Luego no me lo vayas a quitar y hacer como si fuese tuyo.
-¡Vaya, cómo se me ocurriría! -había contestado mamá sonriendo.
Por fin oscureció fuera. Por el salón se oían por todas partes ruidos de pisadas y rumores. Elsbeth, que sin aliento esperaba en su habitación con la señorita, escuchaba y caminaba impaciente por todos sitios como un fuego fatuo. Fuera repicaban las campanas. Al fin llamaron al timbre.
-¡Señorita, rápido!
Y allí estaba el salón decorado de Navidad, con papá y mamá y el árbol de Navidad y todo lleno de exquisiteces sobre las mesas y sillas. Y los padres reían los dos muy felices:
-Mira, Elsbeth, ahí está todo lo que te ha traído Santa Claus.
Pero los grandes ojos de niña de la pequeña Elsbeth buscaban y buscaban y su cara se fue poniendo poco a poco más triste.
-¿Y dónde está el hermanito?
-Sí, imagínate -dijo mamá- no ha venido.
De los ojos de Elsbeth rodaron lágrimas.
-¡Ruprecht! -asintió- ¡Mira que es! Ahora ya no me puedo alegrar por las otras cosas.
-Sí, -opinó papá- tendremos que preguntarle el año que viene si es que no recibió tu carta.
Pero eso no ayudaba a Elsbeth y tuvo que contentarse con el resto de cosas, que también estuvieron bien pues eran realmente muy bonitas.
Después mamá llamó a Friedrich y a la sirvienta, a la cocinera y la señorita que recibieron también su parte. La cocinera llegó la última y estaba muy emocionada y dijo:
-Señora, arriba en casa del Doctor ha llegado un pequeño niño.
La pequeña Elsbeth soltó un grito:
-¿Un pequeño niño? Mamá, mamá, es el mío. Santa Claus lo ha entregado mal.
Y con ojos brillantes se puso de pie, muy nerviosa, delante de su madre.
-Sí, ¿pero cómo lo sabes? -dijo mamá pensativa y le guiñó un ojo a papá.
-Pero -gritó Elsbeth- yo me lo he pedido. ¡Los Doctores no necesitan ninguno! ¡Por favor, por favor, envía a alguien arriba y que lo recojan! La esposa del doctor seguro que nos lo da, lo sé. Ella sabe que he pedido un hermanito.
La cocinera, la doncella y la sirvienta rieron, pero papá dijo muy serio:
-Bueno, hoy dejamos al pequeño arriba. Estará muy cansado y querrá dormir a gusto como es debido.
-¡Pero quiero ver a mi hermanito! -gritó Elsbeth- Señorita, vamos a subir.
-¡Hoy no, sé buena, Elsbeth! -decidió mamá.
Elsbeth dejó escapar un sollozo y pateó con los pies.
-Sois tan malvados, sois muy malvados…
-¡Elsbeth! -dijo papá con voz estricta, una voz que ella ya conocía y significaba que en ese momento estaba enfadado- ¡Sabes que Santa Claus vuelve a quitarle todo a los niños malos! Por supuesto el hermanito también.
Ella volvió a sus cosas y aún estuvo llorando un rato en silencio…
-Mañana subiremos muy temprano, ¿verdad? -le dijo a la señorita cuando ésta la llevó a la cama.
-Sí, por supuesto.
Todavía estuvo un tiempo despierta, con los ojos abiertos y sin dejar de sonreír feliz.

De madrugada llamaron a la puerta de los Doctores. Cuando la chica abrió ahí estaba la pequeña Elsbeth, con la cara roja. Ni siquiera dijo “buenos días”, sino simplemente, muy decidida: “Quiero ver a mi hermanito. Es que es mío.”
Se había escapado de la señorita, que aún estaba ocupada peinándose.
-¿Es tuyo? –-preguntó la chica sorprendida- Pensaba que era de la esposa del Doctor.
-No, me lo pedí yo, sólo que lo han entregado mal. Vengo a recogerlo.
-No creo que te lo vayan a dar. -opinó la chica- Le preguntaré al señor si puedes verlo. Ahora mismo lo están bañando.
Se marchó y en vez de ella vino el Doctor:
-Buenos días, pequeña Elsbeth. Bueno, ¿quieres ver al pequeño? Ven pues. Pero realmente es nuestro. Estoy completamente seguro.
-¡Lo que pasa es que no queréis dármelo! ¡Me lo pedí yo, no vosotros!
-Sí, nosotros también nos pedimos uno.
-¡Pero Elsbeth! –-gritaron desde abajo, y la señorita subió corriendo las escaleras medio despeinada.
-¡Mientes! –-gritó la pequeña exasperada.- Eso es lo que dices. Y ahora ya no quiero verlo…
-Disculpe a la niña, Doctor. –-dijo la señorita- Enhorabuena. Qué coincidencia tan curiosa…
Elsbeth ya estaba en la escalera, la señorita fue hacia ella y le dijo:
-Escribiremos otra vez a Ruprecht y sabremos de quién es.
-Sí, pero ya mismo. -asintió Elsbeth indignada.
Bueno, pues las dos sentadas juntas, aún no habían siquiera desayunado y los padres aún estaban en la cama, Elsbeth dictaba y la señorita escribía:
-“Querido Knecht Ruprecht: Estoy muy triste…”
En el pasillo sonó el timbre.
-Será el correo. -dijo la señorita y dejó la pluma- Iré a ver.
Fue y volvió con el mensajero, que llevaba una gran caja, saludó a Elsbeth con la cabeza y dijo satisfecho:
-Aquí hay algo para esta pequeña señorita.
La señorita leyó la dirección del remitente y exclamó:
-Elsbeth, aquí pone “Remitente: Santa Claus”. ¡Qué curiosidad! Cogeré una herramienta y la abriré.
Pero también había un sello azul sobre la dirección. De eso no dijo nada, ponía Schucker und Kompanie, distribuidores de carbón.
¡Qué curiosidad hasta que la caja estuvo abierta y desembalada! Primero muchas virutas y entonces: Una muñeca, más grande que ninguna de las que Elsbeth hubiera tenido: ¡un niño!
-Bueno, ¿y esto qué es? -la señorita sacudió la cabeza y extrajo una carta del sobre que había dentro. Y entonces exclamó:
-Imagínate, Santa Claus te escribe:
“¡Querida Elsbeth! Knecht Ruprecht te manda muchos saludos. Me ha dicho que habías pedido un hermanito de verdad. Pero este año no han salido bien y primero tuve que llevar uno a la gente que ya se lo había pedido el año pasado y no lo habían recibido. Y no me quedaba ninguno para ti, por eso te envío uno extra grande, que no es de verdad pero que es muy bonito. Te saluda, Santa Claus.”
-Entonces está bien, -dijo Elsbeth algo cortada- es de los Doctores. Pero no estoy alegre.
El comerciante de carbón que había encontrado la carta a Knecht Ruprecht en su buzón, se había divertido. Pero de esto la pequeña Elsbeth no se enteró.
Ese mismo día estuvo en casa de los Doctores y observó al hermanito. Era una cosa pequeña, arrugada y lloriqueaba de un modo espantoso. Era rojo como un cangrejo y horrible.
-¿Sabes? -le dijo a la señorita cuando bajaban de casa de los Doctores -ahora prefiero que no me hayan traído el hermanito. Lo que Santa Claus me ha mandado es mucho más bonito y también mucho más obediente. El otro se lo pueden quedar los Doctores.

Si quieres escuchar este texto en original, en el siguiente enlace encontrarás una buena lectura con música y una relajante chimenea: http://www.youtube.com/watch?v=JnbNyieIIoI

Traductora: Maria García Funes
Fuente: http://www.nikolaus-weihnachten.de/weihnachtsgeschichten/das-vertauschte-weihnachtskind.htm
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